Cómo aprender tarot

Un camino de meses y no de días
La mayoría emprende el estudio del tarot de un modo que garantiza el abandono: intenta memorizar las setenta y ocho cartas con sus significados derechos e invertidos de una vez. Eso supone alrededor de ciento sesenta significados en unas semanas, y esa carga no se sostiene. El camino más eficaz está construido de otra manera: empieza por la estructura de la baraja, toma después un conjunto pequeño de cartas y solo entonces se amplía. El plazo real hasta alcanzar una lectura cómoda va de seis meses a dos años según la constancia del ejercicio. Conocer ese plazo de antemano evita el desánimo del segundo mes, y es precisamente en el segundo mes donde abandona la mayoría. Conviene recordar además que la constancia importa más que la duración diaria: diez minutos al día superan con claridad a dos horas el fin de semana. Quien lo sabe de antemano se fija una medida diaria pequeña en lugar de esfuerzos largos y raros.
Empezar por la estructura y no por las cartas
Lo primero que se estudia no son los significados sino el armazón dentro del cual se sostienen. Se aprende la división en arcanos mayores y menores, después los cuatro palos con sus elementos y terrenos: Bastos al fuego y al impulso, Copas al agua y al sentimiento, Espadas al aire y al pensamiento, Oros a la tierra y a lo tangible. Después se aprenden los significados de los números del uno al diez, y después las cuatro posiciones de la corte. Con ese solo conocimiento puede estimarse el significado de casi cualquier carta menor sin memorizarla: el seis de Copas es una reparación en el terreno del sentimiento, y eso queda muy cerca de su significado corriente. Así se ahorran meses de memorización. Quedan dos o tres excepciones donde el cálculo por elemento y número no basta, y las más conocidas son el siete de Espadas y el cuatro de Copas. Las demás se deducen con una precisión suficiente para leer.

Los arcanos mayores antes que el resto
Después de la estructura se abordan los veintidós mayores y no los cincuenta y seis menores. La razón está en que son menos, en que sus imágenes resultan más nítidas, en que aparecen con más frecuencia en las lecturas y en que forman un relato coherente conocido como el viaje del Loco, con lo cual enlazarlos entre sí resulta más fácil. Se estudian a razón de dos o tres cartas por semana, anotando lo observado en cada una en lugar de copiar definiciones. Al cabo de tres meses ese conjunto se vuelve familiar. Después se añaden los arcanos menores palo por palo, empezando por el más cercano a la vida cotidiana de quien estudia, y en la mayoría de los casos ese es Oros. Las figuras de la corte se estudian al final y no al principio, puesto que resultan más difíciles: describen a la vez a una persona y un estado. Las cartas invertidas se aplazan al menos seis meses por la misma razón.
El aprendizaje mediante la carta del día
El ejercicio diario más eficaz consiste en sacar una carta por la mañana y anotar una línea sobre ella, y después otra línea por la noche sobre lo observado durante la jornada. Su valor no reside en la exactitud de la predicción sino en la formación de un vínculo personal con cada carta. Después de que una carta determinada haya aparecido diez veces en circunstancias distintas, adquiere un significado sentido en lugar de leído, y esa diferencia separa a quien lee un libro de quien lee cartas. Ese solo ejercicio basta para construir una base sólida a lo largo de un año aunque no se le añada nada más. Conviene no consultar el libro antes de escribir la primera línea, puesto que el orden inverso convierte el ejercicio en copia en lugar de observación. La comparación con el significado corriente se hace después y constituye por sí sola otro ejercicio.
El lugar de los libros y las fuentes
Los libros resultan útiles al principio y se convierten en obstáculo cuando la dependencia se prolonga. Lo más adecuado consiste en elegir una buena fuente, leerla entera una vez y después dejarla aparte para volver a ella meses más tarde. Consultar varias fuentes por cada carta produce en cambio significados contradictorios que traban a quien lee en lugar de ayudarlo. Conviene atender a las diferencias entre escuelas: el orden de la Fuerza y la Justicia cambia entre Marsella y Waite, y la atribución de los signos a las cartas varía entre construcciones. Por eso durante el aprendizaje se fija una construcción y se aplaza el conocimiento de las demás hasta consolidar la base, ya que de lo contrario la diferencia se convierte en confusión permanente. Conviene desconfiar además de las fuentes que ofrecen un significado único y definitivo para cada carta. Volver a un mismo libro meses después descubre cuánto ha cambiado la propia mirada.
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Leer para personas reales
Un paso importante llega con la primera lectura para otra persona, puesto que descubre lo que la lectura para uno mismo no descubre. Quien lee para sí entiende sus propias indicaciones difusas, mientras que leer para otro obliga a decir algo nítido y concreto. Conviene empezar con alguien indulgente que sepa que quien lee está aprendiendo. Se emplea una tirada de tres cartas y no más. Al final se le pregunta qué le resultó útil y qué le resultó vacío, y esa respuesta vale más que diez lecturas para uno mismo. Quien aplaza ese paso un año entero descubre que conoce los significados y no sabe transmitirlos. Antes de empezar se advierte que la lectura es de aprendizaje y que no trata asuntos médicos, legales ni financieros. Se resiste además el impulso de suavizar lo dicho para complacer.
Medir el avance
El avance en este oficio resulta difícil de evaluar, puesto que su medida no salta a la vista, y eso lleva a muchos a creer que no se mueven. Existen señales tangibles en las que apoyarse. La primera es el abandono progresivo del libro durante la lectura. La segunda es la capacidad de interpretar una misma carta de dos maneras distintas en dos contextos distintos. La tercera es enlazar las cartas entre sí en lugar de leerlas por separado. La cuarta consiste en que la tirada pueda exponerse en tres frases. La quinta es la capacidad de decir que la respuesta se desconoce ante una tirada confusa en lugar de llenar el vacío con palabras generales. Esta última señala la madurez con más claridad que las anteriores. El avance se mide comparando el propio cuaderno consigo mismo y no con otros lectores. Lo visible en los demás es siempre el resultado, mientras que los años previos permanecen invisibles.
Los errores que alargan el camino
Entre quienes estudian se repiten ciertos errores, y todos ellos pueden evitarse. El primero es adquirir varias barajas en los primeros meses, con lo cual se interrumpe la formación de un vínculo con unos dibujos concretos. El segundo es un número excesivo de extracciones diarias, con lo cual la acción pierde su peso. El tercero es memorizar palabras clave sin mirar las imágenes. El cuarto es empezar por tiradas amplias como la cruz celta antes de dominar tres cartas. El quinto es descuidar el registro, y ese resulta más caro que los demás porque vuelve imposible cualquier comprobación posterior. El sexto es compararse con lectores que llevan muchos años, y esa comparación desanima sin provecho alguno. El séptimo es pasar a tiradas amplias antes de dominar la lectura de una sola carta. Los siete se evitan con una sola regla: hacer menos y registrar más.






