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Cómo interpretar las cartas del tarot

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Describir antes que significar

La destreza principal en la interpretación no consiste en memorizar sino en mirar. Antes de convocar definición alguna se describe la escena en lenguaje corriente: quién aparece, qué hace, hacia dónde mira, qué lleva, de qué color es el entorno y qué falta. Esa sola descripción conduce en la mayoría de los casos al significado, puesto que los dibujos de la baraja de Waite están concebidos para leerse a simple vista. Quien empieza por la definición memorizada pasa por alto los detalles que atañen precisamente a su pregunta y termina con una lectura válida para cualquier pregunta, es decir, inútil para la suya. El ejercicio útil consiste en describir en voz alta durante un minuto entero antes de pronunciar el nombre de la carta. Con el tiempo la descripción pasa de enumerar objetos a leer relaciones entre ellos, y en ese cambio consiste el paso real.

Las capas del símbolo

Una imagen funciona por acumulación de varias capas y no por una sola. El color dice lo suyo: rojo acción, azul reflexión, amarillo conciencia, blanco pureza, gris inmovilidad. El número dice lo suyo: el uno es comienzo, el tres primer fruto, el cinco turbulencia, el siete prueba, el diez conclusión. El elemento dice lo suyo según el palo. La dirección dice lo suyo, puesto que la mirada hacia la derecha se lee como futuro y hacia la izquierda como pasado en la costumbre extendida. La destreza consiste en reunir esas capas sobre la imagen que se tiene delante y no en aplicar una lista memorizada a todas las cartas por igual. Esas capas no pesan lo mismo en cada carta: unas descansan ante todo sobre el número, otras sobre la postura del cuerpo y otras sobre un objeto menor como un pez, una mariposa o una salamandra.

El efecto de la posición en la tirada

Una misma carta cambia con el lugar que ocupa, y por eso memorizar no basta. El tres de Espadas en el lugar del pasado es una herida ya ocurrida cuyo rastro permanece; en el lugar del consejo es un impulso a pronunciar una verdad aplazada; y en el lugar del obstáculo es el miedo al dolor que detiene el movimiento. La imagen no ha cambiado sino la tarea que se le exige. Por eso los significados de cada posición se determinan antes de sacar las cartas y no después, ya que determinarlos después abre la puerta al ajuste del resultado según el deseo del lector, y ese es el error más frecuente entre quienes empiezan y el más difícil de advertir en uno mismo. Los nombres de las posiciones se anotan en el cuaderno antes de sacar, puesto que eso hace posible la comprobación posterior.

Leer los vínculos entre cartas

Una tirada es una frase única y no un conjunto de palabras sueltas. Por eso se observan las relaciones: si dos figuras se miran o se han apartado, si una carta repite el asunto de otra o lo contradice, si existe una progresión numérica ascendente o descendente. La repetición de números dice especialmente mucho, ya que varias cartas con el número cinco indican una turbulencia general con independencia de los palos. El predominio de un palo determina el terreno, y la ausencia completa de un palo señala una parte descuidada. Después se construye un relato único que quepa en tres frases, y si eso no se consigue la lectura no ha concluido. Existe además una señal útil ante la dificultad: la carta que el lector evita mirar suele ser el centro de la tirada, y esa evitación constituye ella misma un dato.

El peso de los arcanos mayores

Conviene observar la proporción de arcanos mayores en una tirada, puesto que indica la magnitud del asunto y no solo su intensidad. Su abundancia señala una etapa que supera la capacidad de una acción cotidiana para modificarla deprisa, mientras que su escasez señala asuntos corregibles con decisiones pequeñas. Esa distinción resulta tangible, ya que determina el tipo de consejo que corresponde. A quien tiene una tirada compuesta sobre todo de arcanos menores cabe decirle qué hacer esta semana, mientras que a quien tiene una tirada llena de mayores le corresponde un discurso sobre dirección y paciencia y no sobre los pasos de los próximos días. Conviene recordar que los arcanos mayores no resultan más importantes que los menores sino más amplios en su alcance, y muchas de las lecturas más útiles no los contienen en absoluto.

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Las cartas duras

Hay en la baraja cartas que provocan inquietud inmediata: la Muerte, la Torre, el Diablo, el diez de Espadas, el tres de Espadas y el cinco de Oros. La mayor parte de los errores de interpretación se produce precisamente aquí. Esas cartas se leen en el plano del significado y no en el del suceso material: la Muerte es el final de un capítulo, la Torre el derrumbe de una construcción levantada sobre un supuesto no comprobado, el Diablo un patrón que se repite sin examen. Nunca se leen como advertencia sobre un accidente corporal. A quien lee para otra persona le conviene observar el efecto de esas imágenes sobre quien pregunta, puesto que una explicación serena de su estructura evita una inquietud sin fundamento. Conviene empezar describiendo la imagen antes de pronunciar el nombre, ya que el solo nombre de la Muerte interrumpe la escucha de la mayoría.

El efecto del terreno sobre el significado

Un mismo significado cambia con el terreno de la pregunta, y por eso trasladar literalmente las definiciones de los libros resulta insuficiente. El cuatro de Oros en una cuestión de dinero significa cautela y ahorro; en una cuestión de vínculos significa reserva y resistencia a entregarse; y en una cuestión de proyectos significa rechazo del riesgo. La imagen es una y las lecturas son tres. Por eso una buena interpretación empieza por la pregunta y regresa a la carta, y no al revés. Quien empieza por la definición descubre que ajusta la pregunta a lo memorizado, y el resultado es una lectura correcta según el libro e inútil para su dueño. El criterio tangible resulta simple: una buena lectura dice algo que no serviría para ninguna otra pregunta.

Cuando una tirada parece confusa

Un lector se encuentra a veces ante una tirada que no dice nada, y las causas resultan concretas y corregibles. La primera es una pregunta mal construida, la más frecuente, y su remedio consiste en reformular la pregunta y no en volver a sacar. La segunda es un número de cartas superior al que la pregunta necesita, con lo cual los significados se apiñan. La tercera es el cansancio del propio lector, y entonces se aplaza todo. La cuarta consiste en que la respuesta resulta clara y se está evitando, y su señal es la existencia de una carta que el lector no mira. Conviene evitar una segunda extracción sobre la misma pregunta el mismo día, puesto que eso convierte el ejercicio en la búsqueda de un resultado satisfactorio. Decir que la respuesta no se conoce resulta más útil que llenar el vacío con palabras generales, y esa es una de las señales más claras de madurez en este oficio.

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