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Cómo limpiar las cartas del tarot

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Qué se entiende por limpiar

La palabra limpiar se emplea en los círculos de tarot con dos sentidos completamente distintos, y confundirlos es una fuente constante de desorden. El primero es material: quitar el polvo y la grasa de la superficie de las cartas y corregir sus curvaturas. El segundo es simbólico: una acción que restablece el vínculo del lector con su baraja después de una época de uso intenso o después de lecturas duras. El primero es cuidado del papel y su éxito puede comprobarse a simple vista, mientras que el segundo es una costumbre personal imposible de medir. No hay contradicción entre ambos, y meterlos en un mismo saco vuelve innecesariamente confusas muchas de las indicaciones que circulan. Por eso conviene separarlos al leer sobre este asunto: lo material tiene medidas comprobables y lo personal queda a criterio de su dueño. Esa confusión explica además por qué unos consejos contradicen a otros sin causa visible.

Cuándo hace falta de verdad

Una baraja no necesita una acción periódica según un calendario fijo, y buena parte de lo que se dice al respecto resulta exagerado. Existen casos concretos en los que limpiar aporta algo. El primero es la adquisición de una baraja nueva o de segunda mano, sobre todo si ha pasado por otras manos. El segundo llega después de una época de lecturas intensas, cuando a su dueño empieza a parecerle que todas resultan iguales o confusas. El tercero sigue al uso de la baraja por otra persona. El cuarto llega después de una pausa larga. A ellos se añade un quinto: tras una lectura difícil sobre una pérdida o una noticia dura, muchos encuentran útil colocar un límite antes de reanudar el uso corriente. La lectura cotidiana, en cambio, no exige nada semejante. La señal de necesidad no es un calendario sino la sensación de que las lecturas han dejado de diferenciarse.

Los métodos habituales y sus límites

Entre lectores circulan varios métodos, y cada uno tiene una circunstancia tangible que conviene conocer. Pasar las cartas sobre el humo de un incienso está extendido y deja marca en el papel y un olor que permanece meses, y a veces altera el color de los cantos. Dejar la baraja bajo la luz de la luna una noche entera no daña el papel siempre que no se deje a la intemperie, donde la humedad y el rocío la alcanzan. Ponerla en sal directamente estropea el papel con seguridad, y por eso quienes lo hacen suelen emplear una bolsa cerrada que separa la sal de las cartas. Dejarla bajo el sol directo decolora las tintas deprisa, y ese daño no tiene remedio. Existe un cuarto método frecuente, colocar un cristal encima, inofensivo si su superficie no es áspera y su peso no curva las cartas. La regla general consiste en probar en una sola carta cualquier método que deje rastro.

Los métodos más seguros

Existen dos métodos que no entrañan riesgo alguno para la baraja. El primero consiste en devolver las cartas a su orden original: los arcanos mayores del cero al veintiuno y después cada palo del as al rey. Ese ordenamiento lleva alrededor de un cuarto de hora y cumple una doble tarea, puesto que destruye todo rastro de la disposición anterior y obliga a su ejecutor a mirar cada carta una vez. El segundo consiste en golpear suavemente el dorso de la baraja varias veces y mezclar después con el método de esparcido sobre la superficie. Ninguno de los dos cuesta nada ni supone riesgo, y por eso convienen a cualquier baraja por cara que sea. Existe además un tercer método seguro: dejar la baraja sin uso durante una semana entera. Una pausa corta devuelve frescura a las imágenes al volver a ellas.

El lado puramente material

Las cartas necesitan cuidado material al margen de cualquier otra consideración. Lavarse las manos antes de leer prolonga la vida de una baraja más que ninguna otra acción, puesto que la grasa es lo primero que estropea una superficie plastificada. Cada cierto tiempo se pasa por ambas caras un paño de algodón suave y en seco, sin emplear líquido alguno. Las curvaturas se corrigen colocando la baraja bajo un libro pesado durante una noche. La comida y la bebida se mantienen lejos del lugar de lectura, puesto que las barajas mueren con más frecuencia por un vaso de agua que por cualquier otra causa. Conviene atender también a las uñas largas, ya que rayan el plastificado al levantar las cartas de la superficie. Las rayaduras no tienen arreglo posterior.

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Las barajas de segunda mano

Una baraja que llega de otra persona merece una atención particular. Lo primero es revisarla carta por carta y comprobar que el número esté completo, ya que con frecuencia falta alguna sin que el vendedor lo haya mencionado. Después se observa el estado de los cantos y de las curvaturas para saber si sirve todavía para mezclarse. A continuación se ordena por completo y se pasa un rato con ella. A quien considere necesaria una acción simbólica, este es su lugar adecuado, puesto que el rastro de la mano anterior en una baraja resulta al menos una magnitud material: curvaturas, hábitos de mezcla y cartas más manoseadas que otras. Conviene además mezclarla varias veces con el método de esparcido, ya que solo ese método destruye todo orden heredado. La comprobación del número completo se hace antes que ninguna otra cosa.

Qué significa esto en la práctica

Queda la pregunta principal: si limpiar cambia algo en el resultado de una lectura. Eso no puede demostrarse ni refutarse, y por tanto la cuestión sigue siendo personal y no general. Lo que sí se observa en la práctica es que estas acciones funcionan como límite: cierran una época y abren otra, y devuelven la atención a la baraja. A quien encuentre provecho en ellas le conviene emplearlas, y a quien no lo encuentre no le hacen falta. La única regla que merece conservarse consiste en no estropear el papel en nombre de su cuidado, y los métodos de limpieza han acabado con más barajas que el uso. Conviene recordar además que todas estas prácticas son relativamente recientes y no aparecen en las fuentes antiguas. Los primeros lectores trataban sus cartas como se trata cualquier herramienta de trabajo.

Señales que apuntan a otra cosa

A la baraja se le atribuye con frecuencia una avería cuya causa está en otro sitio. Si las lecturas se han vuelto repetitivas o carentes de sentido, la causa suele estar en preguntas mal construidas, en el cansancio del lector o en un número excesivo de extracciones diarias. Si ciertas cartas aparecen con insistencia, la causa suele ser una curvatura material que las hace separarse de la baraja al mezclar. Si la mezcla no sale, la causa está en el tamaño de la baraja o en su novedad. Por eso conviene comprobar estas posibilidades tangibles antes de recurrir a cualquier otra acción, puesto que la mayoría de ellas se resuelve en minutos. Comprobar la curvatura resulta sencillo: se deja la baraja sobre una superficie plana y se observa si alguna carta se separa sola. Si se separa, la dificultad existe realmente y no es una impresión.

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