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Tirada de la cruz celta

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El origen de la tirada y su fama

Esta tirada apareció impresa en el libro de Arthur Edward Waite publicado en 1910 como acompañamiento de su baraja, y él mismo la llamó antigua tirada celta sin aportar fundamento histórico alguno para esa referencia. Desde entonces se convirtió en la tirada de tarot más conocida, y rara es la obra introductoria o el manual que prescinde de ella. Esa fama constituye a la vez su dificultad: se presenta a quien empieza como la tirada principal siendo una de las más difíciles del oficio. Sus variantes se multiplicaron después de Waite hasta el punto de que los significados de las posiciones difieren hoy entre fuentes, y esa diferencia obliga a fijar una lista determinada antes de emplearla. Conviene elegir la que aparece en el libro que acompaña a la baraja en uso, puesto que se ajusta mejor que otras al orden de sus dibujos. Sin esa precaución, dos fuentes distintas producen lecturas incompatibles de una misma tirada.

La estructura de la tirada

La tirada consta de diez cartas repartidas en dos partes. La primera son seis cartas que forman una cruz: una carta en el centro que representa el fondo del asunto, otra colocada atravesada sobre ella que representa lo que se le opone o se cruza con ella, después una debajo para el fundamento, otra encima para lo manifiesto o lo posible, otra a un lado para el pasado reciente y otra al lado contrario para lo que se aproxima. La segunda son cuatro cartas que ascienden en columna junto a la cruz: la posición de quien pregunta, después el entorno y su influencia, después las esperanzas y los temores, y por último el desenlace probable. Ese orden es el más extendido en la actualidad. Algunas fuentes intercambian las posiciones del pasado y de lo que se aproxima, y por eso la orientación se fija antes de sacar y se anota. Las seis primeras forman la cruz y las cuatro últimas ascienden en columna, y esa división importa para la lectura.

El centro y la carta atravesada

Las dos primeras cartas trabajan juntas y no por separado, y ese es el punto más importante en la lectura de esta tirada. La primera describe el asunto en su fondo, y la segunda se coloca atravesada sobre ella y describe lo que se cruza con él. El error frecuente consiste en leer la segunda necesariamente como obstáculo, cuando en su base es aquello que corta el camino, ya sea estorbo o apoyo. Puede resultar una carta enteramente favorable, y su significado consistirá entonces en la presencia de una circunstancia buena que modifica el curso del asunto. Esas dos cartas se leen como una sola frase antes de pasar a las demás, y si esa frase no se aclara el resto de la tirada permanecerá confuso. Conviene apartarlas mentalmente y construir una sola oración que las una. Solo después se pasa a las ocho cartas restantes.

La columna de cuatro posiciones

La columna lateral soporta la parte más difícil de la interpretación, y sus cuatro posiciones se confunden con facilidad. La primera atañe a quien pregunta: cómo ve su posición dentro del asunto y no cómo es en realidad. La segunda atañe al entorno: personas y circunstancias que actúan desde fuera. La tercera atañe a las esperanzas y los temores y es la más sutil de todas, puesto que ambos aparecen en una misma carta, y con frecuencia se descubre que lo deseado y lo temido son una misma cosa. La cuarta atañe al desenlace probable y se lee como dirección y no como sentencia. El orden de esas posiciones es ascendente, y por eso se leen de abajo arriba como un paso desde la propia persona hacia lo que queda fuera de ella. La confusión más frecuente se produce entre la posición de quien pregunta y la del entorno, y la diferencia consiste en que la primera describe una visión y la segunda una circunstancia.

Leer el desenlace en su justo lugar

La décima posición es la peor entendida de toda la tirada. No dicta una sentencia definitiva sino que señala lo que se sigue de la continuación de la situación actual. Por eso se lee de manera condicional: si todo permanece como está, la dirección será esta. Eso significa que la aparición de una carta dura en ese lugar no constituye un presagio sino un dato utilizable, ya que el camino puede modificarse corrigiendo aquello que señalan las cartas anteriores. Conviene enlazar esa posición con la de las esperanzas y los temores y con la de quien pregunta, puesto que las tres juntas descubren con más frecuencia qué es exactamente lo que conduce a ese desenlace. Así la tirada se lee como un mapa del terreno y no como una condena. En eso consiste la diferencia entre su uso provechoso y su conversión en fuente de inquietud.

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Lo que estropea esta tirada

Al emplear esta tirada se repiten ciertos errores. El primero es aplicarla a una pregunta simple que no soporta diez cartas, con lo cual aparecen significados sobrantes que se enlazan a la fuerza. El segundo es leer las cartas una tras otra sin vincularlas, con lo cual la lectura resulta una lista y no un relato. El tercero es confundir la posición del entorno con la de las esperanzas y los temores. El cuarto es detenerse en la décima posición como si fuera una sentencia cerrada. El quinto es añadir cartas aclaratorias por descontento con el resultado. El sexto es modificar los significados de las posiciones durante la lectura para ajustarlos a lo que ha aparecido, y ese resulta más peligroso que los demás porque vacía la tirada entera. Se corrige anotando las posiciones antes de sacar y manteniéndolas por extraño que parezca el resultado. Esa regla parece excesivamente estricta y resulta lo único que impide el ajuste posterior.

Cuándo conviene realmente esta tirada

La tirada tiene un lugar donde funciona mejor que ninguna otra: asuntos complejos y prolongados en los que se entrelazan circunstancias internas y externas, como un giro importante en la ocupación, un vínculo difícil de larga duración o una decisión que afecta a varios lados de la vida. Las preguntas cotidianas y las decisiones cerradas, en cambio, se atienden mejor con una carta o con tres. El criterio tangible consiste en una pregunta que se formula antes de sacar: si este asunto tiene realmente diez caras distintas. Si la respuesta es negativa, la tirada resulta más ancha que la pregunta. Por eso muchos lectores experimentados recurren a ella unas pocas veces al año y no cada semana, y eso no constituye un desdén hacia ella. Basta con preguntarse antes si tres cartas bastarían, ya que en caso afirmativo diez sobran.

El modo tangible de aprenderla

El método más eficaz para dominar esta tirada consiste en desmontarla en partes en lugar de enfrentarse a ella entera. Primero se leen las dos primeras cartas por separado en varias lecturas distintas hasta que su lectura conjunta resulte fácil. Después se añade la cruz completa de seis cartas y se deja la columna aparte durante un mes. Después se añade la columna. Cada lectura se anota con su fecha y se revisa al cabo de dos meses, ya que eso solo descubre qué posiciones se leen bien y cuáles siguen resultando confusas. Quien sigue ese orden alcanza la tirada completa en unos tres meses, mientras que quien empieza por ella entera pasa un año sin claridad. Conviene ejercitarse con preguntas reales y no inventadas, puesto que las inventadas no proporcionan una respuesta comprobable. Cada lectura se revisa además a los dos meses, ya que eso solo descubre el avance.

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