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Guía completa de las cartas del tarot

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El mapa completo de la baraja

Setenta y ocho cartas componen una baraja de tarot, repartidas en dos partes desiguales y distintas tanto en número como en función. La primera son veintidós cartas llamadas arcanos mayores, que llevan nombres y puntos de giro y atienden a las grandes transformaciones de una vida. La segunda son cincuenta y seis cartas llamadas arcanos menores, repartidas en cuatro palos iguales: Bastos, Copas, Espadas y Oros. Cada palo contiene catorce cartas: diez numéricas del as al diez y cuatro figuras de la corte, es decir, Sota, Caballero, Reina y Rey. Esa división constituye el armazón sobre el que se apoya todo lo demás, y quien la fija resulta capaz de estimar el significado de la mayoría de las cartas sin memorizarlas. Por eso un buen aprendizaje empieza aquí y no por una lista de significados. Quien fija el armazón puede estimar el significado de una carta que nunca ha visto.

Los cuatro palos y sus elementos

El terreno de una carta lo fija su palo antes que ninguna otra cosa. Los Bastos pertenecen al fuego y abarcan el impulso, los proyectos, la fuerza creadora y el entusiasmo. Las Copas pertenecen al agua y abarcan los sentimientos, los vínculos, la intuición y lo no pronunciado. Las Espadas pertenecen al aire y abarcan el pensamiento, la palabra, el conflicto y la claridad. Los Oros pertenecen a la tierra y abarcan el dinero, el trabajo, la salud y lo tangible. Esa división resulta útil en la lectura antes que en la interpretación: el predominio de un palo en una tirada determina el terreno del asunto, y su ausencia completa señala una parte descuidada. Esa observación lleva treinta segundos y modifica la dirección de la lectura entera, y se hace antes de mirar las cartas por separado. Se lee además la ausencia de un palo, ya que señala una parte descuidada.

Los números del uno al diez

Los números se comportan igual en los cuatro palos, y eso vuelve el estudio de cincuenta y seis cartas más fácil de lo que parece. El uno es un comienzo indiviso y una posibilidad pura. El dos es la primera división, que engendra una elección o un vínculo. El tres es el primer fruto tangible. El cuatro es una estabilidad que puede convertirse en rigidez. El cinco es la ruptura de esa estabilidad. El seis es la reparación de lo roto. El siete es la prueba de lo construido. El ocho es movimiento y empuje. El nueve es la última etapa antes de la conclusión. El diez es la conclusión y el cierre del ciclo. Quien une el número con el palo llega a un significado muy próximo al corriente, y quedan solo dos o tres excepciones que se memorizan aparte. Las más conocidas son el siete de Espadas y el cuatro de Copas.

Las dieciséis figuras de la corte

Sin números que las ordenen, las figuras de la corte emplean su posición para cumplir esa tarea. La Sota es la forma menor del elemento y trae curiosidad y aprendizaje en lugar de maestría. El Caballero es la etapa de liberación completa del elemento y por eso llega con exceso. La Reina es la etapa en que el elemento se vuelve hacia dentro, con lo cual su fuerza se manifiesta por presencia. El Rey es la etapa de maduración del elemento y de su empleo en el mundo exterior. A eso se añade un segundo elemento propio de la posición: la Sota es tierra, el Caballero aire, la Reina agua y el Rey fuego. Así cada carta recibe una combinación doble, como la Reina de Espadas, que es aire en agua, o el Caballero de Oros, que es tierra en aire. Las más puras resultan aquellas en que ambos elementos coinciden. El Caballero de Espadas es aire en aire, y por eso resulta el más extremo de todos.

El recorrido de los arcanos mayores

Las veintidós cartas mayores se leen en la tradición como un recorrido único conocido como el viaje del Loco. El recorrido arranca en el Loco, que lleva el número cero fuera de la serie, y atraviesa después la voluntad, la intuición, la abundancia, el orden, la tradición, la primera elección personal y la primera partida. Alcanza la mitad en la Rueda de la Fortuna, donde interviene aquello que la persona no controla, y después atraviesa el examen, la suspensión, el final, la justa medida, la sombra, el derrumbe, la esperanza, la confusión y la claridad hasta terminar en el Juicio y el Mundo. Esa lectura completa coloca cada carta dentro de una estructura en lugar de memorizarla aislada y constituye el camino más rápido para dominar esta parte. El Loco, por su parte, vuelve a encabezar la baraja en cada mezcla nueva, y por eso la serie resulta circular y no recta. Esa lectura completa se hace una vez y se repite cada pocos meses.

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El orden recomendado de estudio

El estudio empieza por el armazón y no por los significados: los palos con sus elementos, después los significados de los números, después las cuatro posiciones de la corte. Después se estudian los arcanos mayores, puesto que son menos y sus imágenes resultan más nítidas, a razón de dos o tres cartas por semana. Después se añaden los arcanos menores palo por palo, empezando por el más cercano a la vida de quien estudia. Las figuras de la corte se dejan para el final por ser las más difíciles: describen a la vez a una persona y un estado. Las cartas invertidas se aplazan al menos seis meses, puesto que duplican el número de significados antes de consolidar la base. El plazo real hasta una lectura cómoda va de seis meses a dos años, y la constancia importa aquí más que la duración diaria. La mayoría de quienes abandonan lo hace en el segundo mes.

Las diferencias entre escuelas y barajas

Las fuentes discrepan en detalles cuyo conocimiento resulta útil antes de compararlas. El orden de la Fuerza y la Justicia cambia entre la baraja de Marsella y la de Waite, ya que la Fuerza lleva el número once en la primera y el ocho en la segunda. La atribución de signos y planetas a las cartas varía entre construcciones. Difieren además notablemente los arcanos menores: en Marsella no aparecen ilustrados con escenas, mientras que en la baraja de Waite se ilustraron por completo desde 1909 con dibujos de Pamela Colman Smith. Por eso durante el aprendizaje se fija una construcción y se aplazan las demás, ya que de otro modo la diferencia se convierte en confusión permanente sin provecho alguno. Consolidada la base, conocer otras escuelas resulta útil en lugar de confuso. Antes de ese momento produce significados contradictorios que traban a quien estudia.

Para qué sirve y para qué no sirve

Conviene cerrar este panorama fijando sus límites. El tarot no descubre sucesos venideros, no determina plazos y no informa sobre las decisiones que tomarán otras personas. No se emplea en asuntos médicos ni legales ni en decisiones concretas de inversión. No se lee sobre una persona que no ha pedido la lectura y no sabe de ella. Aquello para lo que sí sirve resulta amplio: nombrar lo que se siente y no se dice, descubrir patrones repetidos, aclarar comparaciones, preparar conversaciones difíciles y realizar revisiones periódicas. Lo común a todas esas aplicaciones consiste en que permanecen dentro del material del que dispone quien pregunta, y ahí es donde este instrumento se encuentra en su lugar. Quien retiene ese solo límite evita la mayor parte de los usos equivocados.

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