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Tarot para principiantes

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Lo que conviene saber antes de empezar

Muchos empiezan con una idea equivocada de este instrumento y por eso se detienen pronto, y conviene corregir tres cosas desde el principio. La primera consiste en que el tarot no exige un don especial ni capacidades extraordinarias, puesto que es una destreza que se adquiere como cualquier otra mediante repetición y observación. La segunda consiste en que no exige pertenencia alguna y no contradice ninguna, ya que la mayoría de quienes acuden hoy a él lo emplean como herramienta de reflexión. La tercera consiste en que sus resultados no son predicciones, y quien empiece buscando conocer lo oculto encontrará decepción o se convencerá de lo que deseaba. Conocer esas tres cosas de antemano evita la mayor parte de los abandonos tempranos. Conviene añadir una cuarta: los errores de lectura no tienen consecuencias, y eso solo elimina un temor que frena a muchos. Ese temor rara vez se pronuncia en voz alta y por eso no se disipa solo.

Lo que hace falta realmente

La lista resulta más corta de lo que se supone: una baraja, un cuaderno, un lugar tranquilo y un cuarto de hora al día. No hacen falta accesorios, ni paños, ni cristales, ni rituales, y todos ellos son preferencias personales que se añaden después si se desea. Conviene que la baraja pertenezca a la familia de Rider, Waite y Smith o a una edición cercana, puesto que la mayoría de las fuentes se apoya en ella y sus arcanos menores aparecen ilustrados con escenas completas que facilitan la lectura a simple vista. En cuanto a los libros, basta uno bueno al principio, ya que consultar varias fuentes por cada carta produce significados contradictorios que traban a quien empieza en lugar de ayudarlo. Ese libro se lee entero una vez y después se deja aparte para volver a él meses más tarde. Ese regreso descubre por sí solo la distancia recorrida.

Expectativas veraces sobre el plazo

El plazo real hasta alcanzar una lectura cómoda va de seis meses a dos años según la constancia del ejercicio, y conocerlo de antemano importa más de lo que parece. La mayoría de quienes abandonan lo hace en el segundo mes, cuando la novedad del comienzo ha terminado y la etapa de dominio todavía no ha llegado, y entonces suponen que el asunto no les conviene. Esa etapa resulta previsible y la atraviesan casi todos. La constancia importa además más que la duración diaria: diez minutos al día superan con claridad a dos horas el fin de semana. El avance se mide comparando el propio cuaderno consigo mismo y no comparándose con otros lectores, puesto que la comparación externa desanima sin provecho. Lo visible en los demás es siempre el resultado, mientras que los años previos permanecen invisibles. En este oficio esa regla vale más que en otros, puesto que el avance resulta invisible desde fuera y desde dentro.

Las creencias más extendidas

Entre quienes empiezan circulan convicciones sin fundamento que retrasan el comienzo. Entre ellas la de que la primera baraja debe recibirse como regalo, costumbre reciente y sin fundamento histórico. Entre ellas la de que el contacto de otra persona estropea una baraja, lo cual impide a muchos leer para otros. Entre ellas la de que ciertas cartas son presagios de desgracia, cuando todas se leen en el plano del significado y no del suceso. Entre ellas la de que leer para uno mismo resulta inadmisible, cuando es la aplicación más extendida de este instrumento. Entre ellas la de que los errores de lectura acarrean consecuencias, y nada de eso corresponde a la realidad. Entre ellas también la de que el lector debe sentir algo especial al sacar, cuando la mayoría de las lecturas transcurre sin sensación particular alguna. Desmontar esas convicciones ahorra meses de demora sin causa.

El primer mes de ejercicio

El primer mes se construye sobre un solo ejercicio: una carta diaria a una hora fija con una línea por la mañana y otra por la noche. No se le añade nada más. Cada día se describe la imagen en lenguaje sencillo antes de abrir el libro: quién aparece en ella, qué hace, hacia dónde mira, qué falta. Después se lee el significado corriente y se compara. Al final del mes se leen todas las anotaciones de una vez. Ese solo ejercicio construye una base que no construyen meses de lectura de libros, puesto que produce un vínculo personal con las imágenes en lugar de un conocimiento adquirido sobre ellas. Se saca a una hora fija, ya que una hora fija convierte el ejercicio en costumbre antes de que se apague el entusiasmo inicial, y la mañana conviene a la mayoría más que la tarde. Conviene no consultar el libro antes de escribir la primera línea.

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El orden del estudio

Lo primero que se estudia es el armazón y no los significados: la división de la baraja, los cuatro palos con sus elementos y terrenos, los significados de los números del uno al diez y las cuatro posiciones de la corte. Con ese solo conocimiento puede estimarse el significado de la mayoría de las cartas menores sin memorizarlas. Después se estudian los arcanos mayores, puesto que son menos y sus imágenes resultan más nítidas, a razón de dos o tres cartas por semana. Después se añaden los arcanos menores palo por palo. Las figuras de la corte se dejan para el final, ya que resultan las más difíciles de la baraja: describen a la vez a una persona y un estado. Las cartas invertidas se aplazan al menos seis meses. Ese orden se mantiene sin saltos, puesto que saltárselo devuelve a su autor al principio meses después. Las figuras de la corte se estudian comparándolas entre sí y no por separado, y eso acorta bastante el plazo.

Lo que frena a quien empieza

Entre quienes empiezan se repiten ciertos errores, y todos ellos pueden evitarse. El primero es adquirir varias barajas en los primeros meses, con lo cual se interrumpe la formación del vínculo con unas imágenes concretas. El segundo es empezar por tiradas amplias como la cruz celta, que superan la capacidad de quien no ha consolidado los significados aislados. El tercero es memorizar palabras clave sin mirar las imágenes. El cuarto es un número excesivo de extracciones diarias, con lo cual la acción pierde su peso. El quinto es volver a sacar hasta obtener un resultado satisfactorio. El sexto es descuidar el registro, y ese resulta más caro que los demás porque vuelve imposible cualquier comprobación y priva al avance de toda medida. El séptimo es compararse con lectores que llevan muchos años. Los siete se evitan con una sola regla: hacer menos y registrar más.

Cuándo se empieza a leer para otros

Conviene no aplazar ese paso más de dos meses, puesto que descubre lo que la lectura para uno mismo no descubre. Quien lee para sí entiende sus propias indicaciones difusas, mientras que leer para otro obliga a decir algo nítido y concreto. Se elige a una persona indulgente que sepa que quien lee está aprendiendo, y se emplean tres cartas y no más. Al principio se dice con claridad que la lectura es de aprendizaje y que no ofrece consejo médico, legal ni financiero. Al final se le pregunta qué le resultó útil y qué no, y ese solo comentario equivale a semanas de ejercicio en solitario. Se resiste el impulso de suavizar lo dicho para complacer, ya que una lectura que dice lo deseado no le sirve a nadie. Se dice lo que las cartas dicen realmente y se nombra con claridad aquello sobre lo que callan.

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